Deuda de decisiones: ¿cuánto cuesta y que implica?

A lo largo de varios años me ha intrigado el tema de la estrategia, que a final de cuenta implica la ejecución de decisiones.

Un tema que desarrollé fue: como la gente perfeccionista tiende a muy rara vez ejecutar. Esto lo pensaba desde el año 2014. Hoy en día, estoy viendo una clara tendencia de así como existe una deuda tecnológica que obedece a hacer sistemas rápidamente sin tener en cuenta todo lo que van a costar después por la falta de estrategia y pensamiento sistémico, también está creciendo la deuda en las decisiones, que implica paradójicamente que, aun teniendo más acceso a datos, análisis e información, se están tomando decisiones más y más lentas.

El lema de “parálisis por análisis” lo veo muy vigente, y lo curioso es que esto no debería de suceder.

¿Qué es la deuda de decisiones?

En principio son todos los costos, o retrasos, o paros entre equipos organizacionales que se van acumulando cuando se pospone de forma sistémica una serie de decisiones clave.

Así, al retrasar situaciones estratégicas se va generando un impacto negativo que da como resultado el paro de la ejecución, el desgaste de las personas involucradas y la imposibilidad de innovar.

¿Por qué ocurre?

No hay como tal una sola respuesta a esta situación, pero dentro de las principales razones están:

  1. La fatiga por toma de decisiones: Los humanos tenemos un umbral de energía para evaluar decisiones diarias. A medida que se van tomando más y más decisiones esa energía se va perdiendo. Cuando eso sucede, la toma de decisiones se vuelve impulsiva, o deficiente, o hasta elegir mejor ni decidir, postergando así la decisión.
  2. Sesgos cognitivos: Relacionado con la energía para la toma de decisiones, los humanos preferimos ir por la recompensa inmediata en vez de tomar una acción que mejore el futuro a pesar de tener que gastar más en el presente. En otros casos se trata de escalamiento de compromiso, en donde preferimos seguir invirtiendo en algo que claramente no tiene ya caso.
  3. Postergamiento activo: También es llamado “procrastinación”, y es lo que ocurre cuando una decisión va a implicar algún tipo de confrontamiento, o de aspectos que van a ser inciertos, o simplemente miedo. Para evitar todo lo anterior, lo que hacemos es “pensarlo otro día, o mañana” que simplemente significa, no hoy.
  4. Exceso de información: La sobrecarga de información satura o nubla la capacidad de análisis. Al pasar esto, acabamos por ser forzados a tomar una decisión de decenas de opciones y rara vez es la mejor u óptima.
  5. Nadie sabe quien decide: Esto ocurre en empresas grandes. Es fundamental que al tomar decisiones se asigne quien o quienes son los responsables de esa decisión.

Y puede haber muchas otras razones más, pero en esencia, es todo aquello que frena o alenta tomar una decisión.

¿Cómo evitar la deuda decisiones?

No hay una “receta” única, pero si hay un posible plan de acción.

  1. Evitar el “ruido de decisiones”: Al haber tanto que decidir, es importante automatizar todo lo que sean tareas repetitivas de decisión para concentrarse en aquello que es complejo o diferente. A nivel personal es por ejemplo domiciliar pagos recurrentes para que no tengas que ocupar tu cabeza en pensar en eso, por dar un ejemplo simple.
  2. “Suficientemente bueno”: Lo cubrí en mi episodio del perfeccionismo, la idea es que una decisión razonablemente bien evaluada es preferible tomarla y actuar, en vez de ciclarse en ver cuanto mejor se puede tomar esa decisión. Para eso basta con definir ciertos criterios mínimos aceptables a cumplir y cuando sucedan simplemente es tomarlos y actuar.
  3. Conoce tus mejores horas cognitivas: Decidir en las primeras horas del día es generalmente mejor para muchos, pero para otros puede que sea la tarde o noche. Aprende cual es tu mejor momento y trata de apartar ese tiempo para tomar decisiones.
  4. Fechas fatales: En el caso de decisiones, sea lo que fuere, ponles una fecha última en la que debe de decidirse que sea inamovible. Si para ese momento no decidiste, y hay más personas en ese proceso, deberás de aceptar la decisión que otras personas hagan.

Si bien estos pasos no son infalibles, por lo menos impiden que te quedes en un estado de indecisión.

¿Qué pasa si no actuamos ante la deuda de decisiones?

En las decisiones, si no las tomas tú, alguien las tomará por ti, y eso seguramente no es lo que deseas.

Casi siempre no decidir implica peores consecuencias. Implica en pocas palabras perder el control sobre ese algo que se debe de decidir.

A las personas nos gusta tener algo de control y mucho más tener autonomía.

La falta de decisiones puede implicar costos financieros más elevados, esto quiere decir que problemas actuales tendrán costos mayores en el futuro, esto es, postergar no es nada bueno.

Lo peor es que no decidir tiende a aumentar la ansiedad y te cansa emocional y mentalmente. Una decisión que no se ha tomado es como una carga que te drena energía de manera pasiva.

Asimismo, conforme pasa el tiempo, las alternativas de solución de las decisiones se va reduciendo, acabando por tener que decidir de cualquier forma alguna decisión que no es la mejor, pero termina por ser la única disponible.

Conclusión: ¿Cómo dejar de no decidir?

Obviamente en todo resto hay distintos niveles de miedo, y el miedo es muy mal consejero.

En mi opinión, el primer paso es que aceptes y prefieras el costo de un error ante el costo de no hacer nada. Si te equivocas rápido ganas experiencia, datos y la oportunidad de corregir el error. Si no haces nada, te quedas estático. Hay un dicho que lo describe muy bien: “aquel que no deja de contemplar la playa jamás conoce nuevos océanos”.

El segundo paso es en especial importante actualmente, porque en una era de tanta información podemos perdernos en esperar que lleguen los mejores datos, reportes, etcétera. Confórmate con lo que consideres como el mínimo de datos necesarios para decidir y simplemente, decide. Si tienes un error, podrás corregir sobre la marcha.

El tercer paso es que, para hacer todo esto, consideres el peor escenario. Pregúntate: ¿Qué es lo peor que podría pasar si me equivoco o elijo mal? Con esto, por lo menos ya tienes claro lo “peor”, y entonces puedes pensar en las consecuencias manejables para ese peor escenario a manera de plan de contingencia. Aunado a esto, es importante considerar que tan “reversible” es la decisión, esto es, el costo de que al tomar una decisión ésta no sea la mejor o provoque alguna situación ¿Qué tanto se gastaría, que tan rápido podría corregirse y en especial si la decisión provocará un daño irreparable? Si algo es irreparable, obviamente sugiero mayor nivel de análisis. Solo ten en cuenta que en la mayoría de las decisiones reversibles, una decisión razonable tomada a tiempo suele ser mejor que una decisión perfecta tomada demasiado tarde.

En pocas palabras, en mi opinión, decidir siempre será mejor que no hacerlo, y recuerda que, ante una crisis, siempre habrá:

  • Una solución
  • Una fecha de caducidad
  • Una enseñanza de vida

Finalmente, una decisión pendiente no permanece congelada. Genera intereses. Mientras no se decide, puede consumir horas de trabajo, detener inversiones, retrasar ingresos, desgastar equipos y reducir las alternativas disponibles. A ese costo acumulativo es a lo que llamo deuda de decisiones.


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