
Hace poco tuve un acalorado intercambio de ideas con una persona que defendía el manifiesto de su empresa como la pieza más importante para orientar a sus colaboradores y, por mi parte yo le comentaba que en mi opinión un manifiesto puede verse prácticamente como “poesía corporativa” y que la misión era realmente lo que permitía a los colaboradores entender qué hacen y para quien lo hacen, y que eso marcaba la dirección y sentido para todos.
Y defiendo lo anterior porque, en la práctica, lo que permite cumplir con resultados no son declaraciones ideológicas o culturales como serían los manifiestos ni tampoco los futuros aspiracionales que definen las “visiones” de los negocios. En el tema de los resultados, las misiones, soportadas por objetivos cuantificables, que a su vez son soportados por estrategias claras que están soportadas por procesos de negocios y finalmente esos procesos se soportan por acciones, tareas y reglas de negocio son lo que permite lograr que suceda una ejecución impecable.
Sin embargo, el que yo sienta lo que sienta no es razón suficiente para pensar que todo el mundo que usa manifiestos y visiones esté equivocado. Así que me di a la tarea de pensar en donde hay una razón organizacional de tener un manifiesto, no como algo que toda empresa deba de tener siempre (en mi opinión) pero si puede haber espacio para muchas culturas de tenerlo.
¿Cuándo hay oportunidad de tener un manifiesto empresarial?
En términos sencillos, un manifiesto es una declaración ideológica, cultural o filosófica que expresa en qué cree una empresa, cómo interpreta al mundo, qué defiende, qué rechaza o qué busca impulsar.
En estricto sentido es un texto inspirador, emocional y hasta aspiracional.
Y así, un manifiesto bien escrito, cumple con funciones del alineamiento de la identidad cultural o emocional.
El único problema que veo es que a veces, ese manifiesto toma el lugar de una misión, y entonces todo empieza a debilitarse.
El ego corporativo y los manifiestos
A últimas fechas, con esto de los manifiestos, he visto como algunas empresas los usan como si en vez de empresas se posicionaran como movimientos sociales, o como si estuvieran hablando de una revolución, o inclusive, cómo pretenden cambiar al mundo… Y todo esto sería increíble, pero, cuando ves como ejecutan esas mismas empresas te das cuenta de que ni siquiera pueden ejecutar de manera consistente procesos internos básicos.
Y, cuando eso sucede, pues personas internas se vuelven muy cínicas, se desconectan con la empresa misma, se pierde credibilidad y la cultura como un todo sufre.
Es por eso por lo que para mí la misión es más sólida en su utilidad para aterrizar a la empresa.
Las visiones de negocio
Parecido a los manifiestos, otras muchas empresas optan por tener “visiones”. Y las visiones son descripciones aspiracionales de los que la empresa desea alcanzar o construir al futuro.
Una visión bien lograda podría responder a dónde quiere ir la empresa, o qué quieren llegar a ser o cómo desean que sea el futuro.
Todo esto, en teoría debería de alinear el largo plazo buscando un sentido de propósito en el futuro.
Solo tenemos que dejar claro que las visiones no aterrizan tareas, procesos, prioridades operativas o la ejecución, y si se adoptan como sustituto de la misión, simplemente reinará el caos.
Muchas empresas confunden visión con fantasía corporativa.
Mientras más distante, abstracta y grandiosa la visión, más difícil se vuelve traducirla en decisiones reales.
¿Cuándo hace sentido una visión y manifiesto?
Principalmente, cuando a manera de mapa de ruta, una empresa desea expresar dónde quisiera estar en el futuro, ejecutando día a día su misión.
Así podría decir que una receta administrativa válida podrá ser tener una visión muy simple, un manifiesto que alinee a la cultura organizacional, una misión muy clara y una ejecución impecable.
Conclusiones
Hay varios retos en el cuidado del uso de manifiestos y visiones en las estructuras administrativas de las empresas.
Se debe de entender que solo la misión bien hecha dicta la dirección y sentido de una empresa, ayudando a saber a qué se le debe de decir “NO”, a qué no hacer por moda, a proteger el enfoque empresarial y en especial a alejarse de toda complejidad innecesaria.
Los manifiestos no son lo ideal para lograr ejecutar mejor, no tienen forma de mejorar procesos, ni reducir errores, ni acelerar decisiones como lo puede hacer la misión, pero puede hacer sentir muy ligada emocionalmente a las personas con la cultura e identidad de la empresa.
La visión puede dar una idea de dónde se desea estar en el futuro, pero no conecta directamente con los KPIs, toda vez que no se exceda en el “storytelling”, sin pensamiento operativo, sin claridad y sin fomentar una buena ejecución.
Las empresas modernas están sobrevalorando narrativa y subestimando ejecución. Una misión obliga a decidir, un manifiesto muchas veces solo obliga a sentirse identificado, y las empresas que fracasan no es por falta de inspiración, fracasan por falta de claridad y ejecución.